Por: Sheyla Lageyre López (Periodista)

José Cusa Tellez de Girón (Pepito como todos lo conocen), me mira con los ojos vivos, de joven, me sonríe y recuerda… Son 82 años los que carga sobre su andar pausado, sobre los problemas que le ha traído a su audición tanto tiempo de buceo y pesca submarina. 82 años de historia, de lucha, de valor. Usa gorra de marinero y espejuelos. Me hace pensar en los marinos de fotos y pinturas antiguas, imágenes que inmortalizaron a grandes hombres, como él.

El Contralmirante de la Marina Cubana, el combatiente de la clandestinidad, la Sierra y Girón, hoy solo nos habla de sus experiencias, de su amor por el Gran Azul que nos conecta.

Siempre fue un hombre de mar, desde niño. Se le humedecen los ojos y se le corta la voz cuando recuerda a sus padres, a su foto vestido de marinero de cuando tenía un año, a las vacaciones en la costa, a los paseos a bordo de “La nena”, la embarcación de su papá, que tenía ese nombre porque era el apodo cariñoso de su madre.

Se ríe cuando habla de cómo perdió la piel de la nariz, con una quemadura de tercer grado, porque desde los 8 años fue nadador de espaldas, y el sol le hizo mucho daño en el rostro. Asimismo, obtuvo varias medallas de oro en su trayectoria.

Me explica lo feliz que se puso cuando lo designaron para ocupar un cargo en la Marina, allá por el año 1965, porque un joven de 25 años lo que quiere es “pista” y mucho más cuando era un trabajo que implicaba estar cerca del lugar donde mejor se siente. “Todos lo sabían: mi pasión era el mar”. Abandonaba un cargo de Segundo Jefe de la Dirección de Operaciones del Estado Mayor General, para convertirse en Jefe de la Flotilla de Lanchas Coheteriles. Posteriormente fue Jefe de la Academia Naval y Jefe de la Marina de Cuba.

Le pido que me hable de algún enfrentamiento naval, de su experiencia como militar en la marina.

“Tenía 26 años cuando tuve la oportunidad de destruir la embarcación del contrarrevolucionario náutico Antonio (Tony) Cuesta. Venía en lanchas rápidas desde los Estados Unidos maniobrando por toda la cayería, enmascarándose, y le tiraba a los hoteles de Varadero. Atacó el parque Maceo, el Hotel Riviera, el acuario de La Habana.

Recuerdo que en mayo de 1966 estábamos en alarma de combate por una situación que se había dado en la Base Naval de Guantánamo. El jefe de la marina, el Comandante Aldo Santamaría, me designó como jefe de un grupo operativo y me dio facultad para mover las unidades de la marina, por lo que traje una lancha torpedera para la bahía de La Habana.

Una noche, como a las 11, salgo a inspeccionar los dispositivos de defensa de La Bahía en dicha lancha, coincidió que Antonio Cuesta había venido a cumplir una misión. Esta consistía en allanar el camino para un atentado que se le haría Fidel Castro. Desembarcaron por Monte Barreto, que ahora está lleno de hoteles, pero que aquel 29 de mayo de 1966 era un monte. Ahí había una escuela de pesca de milicianos y detectaron la embarcación que se aproximaba y se tirotearon con ellos. Tony Cuesta huye con cuatro mercenarios más.

Me alertan del combate y me dan un rumbo a coger y yo les digo que me dejen libre y me autorizan a actuar con libertad. Entonces me empato con Tony Cuesta que va huyendo en la lancha con sus 4 tripulantes. Ya habían iniciado un combate con dos embarcaciones cubanas: una 125 (comandada por Marrero) y otra 128 (comandada por Chacón). La lancha de los mercenarios no dejaba de disparar. Les digo que me dejen el combate, Chacón me escucha, pero Marrero no tiene puesto el intercomunicador y sigue combatiendo. Yo había embarcado dos ametralladoras de mano y manejaba una de esas. Le había dicho al comandante de mi lancha que pasara a la embarcación mercenaria “por ojo” par que el combate fuera a corta distancia y en 3 giros pudimos hacerle un fuego duro, logrando que se incendiara. Esta se detiene y Noel Marrero intenta entrar, entonces Tony Cuesta trata de tirarle una granada, pero esta le explota y le vuela la mano izquierda.

En ese combate fueron abatidos dos de los mercenarios. Uno de nuestros tripulantes fue herido en el rostro, dos impactos de bala, pero nada de gravedad. Ya con la lancha incendiada yo veo que hay dos que siguen vivos y se tiran al agua, uno se tiró hacia proa y el otro hacia popa. En ese momento le ordeno al comandante de mi embarcación que metiera la lancha en el medio del incendio. Mi Segundo cogió al de la proa y como yo no podía coger al de la popa me encaramé en la lancha incendiada, con aquel fuego destruyéndolo todo, para tratar de rescatarlo. Ahora me percato que fue una de esas locuras que hace uno cuando tiene 26 años.

En la lancha estaba Tony Cuesta todavía, fui hacia él, lo agarré por una mano y cuando trato de cogerle la otra me doy cuenta de que la había perdido. Me ayudaron a izarlo para sacarlo de ahí. Vi a un muerto entre los dos asientos: debía tener unos 30 años y el pelo negro, tenía puesto un chaleco. Al otro no lo vi. Esto parece un cuento largo, pero realmente son cosas que suceden en cuestiones de segundos.

En cuanto puse un pie fuera de la lancha, aquello explotó y se hundió, y una oscuridad absoluta se cernió sobre nosotros. Fue muy impresionante. Pero logramos rescatar y a la vez apresar al jefe de la contrarrevolución náutica, que ya varios estragos había causado en toda la zona costera”.

Cada palabra la revive como si hubiera sido ayer. Me transporta con su emoción a aquella noche oscura, rodeado por unas aguas negras que solo iluminaban los proyectiles. No puedo evitar preguntarle si no había sentido miedo. Me mira a los ojos:

“Nunca he sentido miedo en el mar, al contrario, lo he sentido siempre como un elemento mío, como un amigo”. Hace una pausa y agacha la cabeza. Cuando me devuelve la mirada observo una sonrisa cómplice:

“Hija, la verdad, es que me corre agua salada por las venas”.