Por: MSc. Vicente Gonzalez Portuondo

Desde el comienzo de los tiempos, su inquietante magnitud, ha sido objeto de los más controvertidos y apasionados sentimientos. Fascinación, admiración, miedo y terror vienen a nuestra mente cuando oímos hablar de «ella». Venerada de todas las maneras posibles, cantada por los cantores, escrita por los poetas y narrada por pescadores y hombres de mar, en sus mitos, anécdotas e historias de fantásticas criaturas y divinidades que trascienden el imaginario cultural de generaciones y sociedades pretéritas…; «La Mar«, ha sido el «reino del misterio» durante siglos.

Pero… ¿Quiénes fueron los primeros en adentrarse en ese misterioso mundo?, ¿qué los motivó a aventurarse en un medio tan diferente al nuestro?

Según las fuentes históricas que perduran en nuestros días fueron los pescadores de coral, perlas y esponjas quienes se dedicaron por primera ves al ejercicio del buceo.

A partir del IV milenio a.C las perlas y el nácar, también llamado madreperla, la sustancia de color blanco o plateado que es una de las tres capas internas que forman la concha de los moluscos, que se han encontrado formando parte de joyas y adornos del Antiguo Egipto o en Mesopotamia son otro indicio de que el buceo por apnea ya se practicaba en la Antigüedad.

En el Imperio Asirio durante el reinado de Asurnasirpal II que gobernaría entre el 884 y el 859 a. C. Ordenó la construcción de una nueva capital para su reino en sustitución de la antigua Assur. La nueva ciudad se erigió a orillas del río Tigris en territorio del actual Irak, y la dieron el nombre de Kalkhu, aunque posteriormente sería conocida como Nimrud.

Nimrud fue destruida y desapareció de la historia hasta que el arqueólogo británico Austen Henry Layard (1817-1894) comenzó a excavar sus ruinas en 1845, encontrando los restos de dos palacios, uno de ellos perteneciente  a Asurnasirpal II. Salieron a la luz muchos relieves que Layard luego llevaría al British Museum donde hoy se conservan.

Entre esos relieves se encuentra uno en el que vemos  tres hombres aparentemente huyendo de los arqueros que disparan flechas desde una muralla y desde las orillas de un río. Los tres hombres  están en  dentro del río, uno de ellos parece que nadando y los otros dos agarran una especie de odre de piel que se supone que estarían llenos de aire y que utilizarían para respirar mientras se hallaban sumergidos, como una rudimentaria botella de aire comprimido.

 

los primeros buceadores asirios

Relieve asirio  del siglo IX a. C que fue encontrado en la antigua capital del Imperio Asirio

No hay unanimidad en esta interpretación, ya que hay otras versiones que afirman que los odres serían utilizados como flotadores para agarrarse a ellos y flotar sobre  las aguas del río.

Siguiendo esta línea cronológica, otra referencia histórica la encontramos en el siglo VIII a. C, pues es en éste siglo cuando se cree que el aedo griego Homero escribió  sus dos grandes poemas épicos,  la «Ilíada« y «La Odisea«. En la  «IIíada», Homero relata apenas unas semanas del décimo año del asedio que los aqueos mantienen sobre la ciudad deTroya.  En el Canto XVI, uno de los héroes aqueos, Patroclo, da muerte de una pedrada en la cabeza a Cebriones, auriga del carro en el que va el héroe troyanoHéctor. Homero escribe que después de ser golpeado por la piedra lanzada por Patroclo, Cebríones «cual si fuera un buzo, cayó del asiento porque la vida huyó de sus miembros» y a continuación pone en boca de Patroclo unas palabras de burla dirigidas al hombre caído:

«¡Oh dioses!¡Muy ágil es el hombre!¡Cuán fácilmente salta a lo buzo! Si se hallara en el mar , en peces abundante, ese hombre saltaría de la nave aunque el mar estuviera tempestuoso y podría saciar a muchas personas con las otras que pescara.¡Con tanta facilidad ha dado la voltereta del carro a la llanura!Es indudable que también los troyanos tienen buzos»

Aquiles vendando a Patroclo en una escena recreada en un Kilix , una copa griega parecida a un cáliz que los griegos utilizaban para beber vino, datada hacia el siglo VI a. C. 

Es la primera referencia escrita a la existencia de buzos, que en la Antigua Grecia se dedicarían a la pesca, a la búsqueda de perlas y a la recogida de esponjas. Estas últimas ya eran bien conocidas en la época de Homero  que también las menciona en diferentes pasajes de su obra, como en el Canto XVIII de la «Ilíada» cuando nos cuenta como el dios Hefesto: «enjugóse con una esponja el sudor del rostro, de las manos, del vigoroso cuello y del velludo pecho».

Pero la «Ilíada» no dejaba de ser una composición poética y tuvimos que esperar trescientos años más para que fuera un historiador el que nos hablara de los buceadores y no era un historiador cualquiera, sino el considerado padre de la historiaHeródoto de Halicarnaso (484- hacia 425 a.C).

Heródoto escribió «Historias», una obra compuesta por nueve libros  dedicados principalmente al enfrentamiento que mantuvieron griegos y persas en las llamadas Guerras Médicas durante la primera mitad de siglo V a.C. donde deja constancia en esta cita:

«Entretanto, mientras los persas procedían al recuento de sus naves, se encontraba en su campamentos Escilias de Escione, el mejor buzo del mundo, quien, por lo visto, tenía el propósito, desde hacía ya tiempo, de pasarse a los griegos, pero resulta que, hasta aquel momento, le había sido imposible…»

Continúa Heródoto contándonos como llegó a reunirse con la flota griega concentrada en Artemisio, hazaña de la que el propio historiador tiene dudas

«Pues bien, no puedo indicar con exactitud como acabó llegando finalmente al bando griego, pero me pregunto, lleno de perplejidad , si lo que se cuenta es cierto, porque, según dicen, se zambulló en el mar en Afetas y no emergió hasta que llegó al Artemisio, tras haber recorrido bajo el agua ochenta estadios…»

Los ochenta estadios a los que se refiere Heródoto es equivalente a unos 14 kilómetros y es evidente que, por muy buen buceador que fuera Escilias, no pudo bucear toda esa distancia. Lo que debió hacer fue burlar la vigilancia persa buceando unas decenas de metros para continuar nadando luego al amparo de la oscuridadhasta donde estaba fondeada la flota griega. Escilias advertiría a los griegos acerca de los movimientos que estaban haciendo los persas , una información sin duda muy valiosa para los griegos y también para nosotros porque Escilias de Escione se convertiría en el primer buceador cuyo nombre entra en la historia.

La siguiente referencia histórica de un autor que menciona el uso de los buceadores es el historiador y militar ateniense Tucídides (460-396 a.C)  que escribió «Historia de la guerra del Peloponeso» en la que narra el conflicto militar que entre el 431 y el 404 a. C  enfrentó a la Liga de Delos liderada por Atenas contra la Liga del Peloponeso dirigida por Esparta.

En la obra se narra como los siracusanos pusieron postes clavados en la entrada del puerto para  que las naves atenienses no pudieran entrar: 

«Había ,en efecto, algunos tocones que habían clavado sin que sobresalieran de la superficie del mar , con lo que al aproximarse navegando cabía el peligro de verse cogido como en un arrecife. No obstante, también estos los serraron buceadores a sueldo»

El siguiente autor que se suele mencionar en las historias sobre el buceo es el filósofo Aristóteles (384-322 a.C) , discípulo de Platón (hacia 427-347 a.C) y maestro de Alejandro Magno (356-323 a.C) , y se debe a su obra «Problemata», un conjunto de casi novecientas cuestiones que tocan múltiples temas del conocimiento y sus respuestas.

En esta obra se hace referencia a los buceadores que recogen esponjas y los riesgos que afrontan como el estallido de los oídos cuando «al retener la respiración, el aire se acumula en los oídos y al dilatarse se rompen porque el agua que es más pesada cae sobre ellos y los revienta.»

A continuación Aristóteles hace referencia a la solución a ese problema utilizando lo que podría considerarse la primera campana de buceo, a la que los griegos llamaban lebeta. Nos la describe el propio Aristóteles

«…si se introducen los buzos en el agua con un caldero invertido  ello les capacita para respirar , porque no se llena de agua , sino que retiene el aire. No obstante, si se inclina un poco y pierde la vertical se llena de agua…»  

Es el primer testimonio del uso de un elemento artificial para practicar el buceo.

 

Miniatura medieval que recrea la leyenda de Alejandro Magno en su primera experiencia de buceo de la que luego supuestamente informaría en una carta dirigida a su antiguo tutor, Aristóteles. 

 

Más adelante en el tiempo tenemos otra referencia a los buceadores en Roma donde nos encontramos con lo que sería el primer cuerpo organizado de buceadores, a quienes los romanos llamaban «urinatores» que en latín significa «buceadores»  término que proviene del verbo «urinare» , que significa bucear, que a su vez procede de «urina» que significa lo que parece, «orina». Pero, ¿Había alguna relación entre «urinare» y «urina»,es decir, entre el buceo y la orina? Los romanos observaron la reacción fisiológica de los buceadores que después de una inmersión sentían la necesidad apremiante de orinar, de ahí posiblemente la relación entre «urinare» y «urina».

El ejército romano lo incorporaría como un cuerpo especializado y la primera intervención militar de los urinatores de la que tenemos noticia tendría lugar durante la denominada por los historiadores segunda guerra civil romana que enfrentó a Julio César (100-44 a. C ) contra las fuerzas del Senado lideradas, el general Cneo Pompeyo Magno (106-48 a.C) que se desarrollaría entre el 49  el 45 a. C.

El militar, político, escritor y científico  romano Plinio el Viejo (23-79) también los menciona en su obra «Historia Natural», una auténtica enciclopedia del conocimiento  de su época de la que se conservan  treinta y siete volúmenes.  En e Libro IX dedicado a los animales marinos hace referencia al trabajo de los urinatores como pescadores de esponjas y al peligro que tenían que afrontar ante la presencia delos tiburones, a los que denomina «perros de mar».

 

los urinatorum, los primeros buceadores de la historia

 

Los urinatores usaban una piedra de entre 8 y 14 kilos llamada Skandalopetra atada con una cuerda para que les sirviera de lastre al  hundirse y a la que luego se agarraban para ser izados a la hora de regresar a superficie, un cuchillo, para trabajar en el fondo y para poder protegerse, un tubo similar probablemente al que hoy utiliza la gente para practicar submarinismo y al que se da el nombre de snorkel. De hecho Aristóteles ya había mencionado en el siglo IV a.C el uso de esos tubos por los buceadores griegos que describió como:

«…unos tubos para respirar en superficie como los elefantes…»

Tal vez lo que resulta más ingenioso era el uso de una esponja empapada en aceite que llevaban en la boca y según iban descendiendo  la exprimían del tal forma que el aceite expulsado de la esponja formaba una especie de película delante de sus ojos que modificaba la refracción de la luz y mejoraba la visión del urinator dentro del agua (según referencias de Plinio el Viejo 23-79 a.C.)

En el terreno militar los urinatores eran empleados, entre otras funciones, para eliminar las defensas submarinas que el enemigo hubiera instalado en el puerto, como ya  vimos que hacían los buceadores griegos  durante la Guerra del Peloponeso en el puerto de Siracusa, y de la misma forma también se encargaban de  instalar defensas submarinas que impidiesen la entrada en el puerto de otros barcos y de urinatores enemigos.  Saboteaban naves enemigas,  y también, recuperaban mercancías que estuvieran en el fondo del mar y en los puertos rescataban aquellas que se caían de los barcos.

También podían ayudar a suministrar armas y víveres a lugares asediados y servir como mensajeros. Se cita con frecuencia en distintas fuentes la obra «Epitoma rei militari»«Compendio de técnica militar»  de Flavio Vegecio Renato (que vivió entre en el siglo IV y el siglo V) que se convertiría en una obra de referencia de táctica militar  durante la Edad Media y el Renacimiento y en la cual se describiría el equipamiento de los buceadores y como les pagaban más o menos dinero en función dela profundidad a la que tuvieran que descender y el peso que pudieran cargar de las mercancías rescatadas en los puertos ,indicando que había buceadores que alcanzaban los 27 metros de profundidad.

Se regían por la conocida lex Roída; que establecía su salario en tantos porcientos de lo recuperado (1/3 de las efectuadas a una profundidad de menos de 15 metros, y llegando a ½ de las recuperados hasta 27 metros).