Por: Dr.C. Vicente González Díaz, Investigador y Arqueólogo Subacuático Director de CUBASUB

En el fragor de las labores rescatistas, a unos tres o cuatro metros de profundidad, muy cercano a la orilla, y de manera inesperada, se descubren los restos de un barco desconocido, que nunca antes se había observado en la zona. 

Inmediatamente, se notifica el descubrimiento a la Delegación Provincial del Ministerio de Ciencia, Tecnología y Medio Ambiente, donde al instante se conforma un equipo de trabajo con especialistas en Arqueología, de conjunto con el Centro de Estudios de Biodiversidad. Paralelamente, y de forma coordinada con él, un equipo multidisciplinario de especialistas del Proyecto de Gestión y Manejo del Patrimonio Natural y Cultural Subacuático, hoy CUBASUB, comienza también a investigar sobre la identidad y causas del naufragio.

A medida que la noticia se expande, comienzan a llegar a las orillas de la playa una multitud de curiosos, la televisión y algunos medios de prensa que publican el hallazgo con el sugerente título de: “Barco Fantasma de Siboney”. Ni con los periodistas, ni con el pesquisaje entre los pobladores de más edad por parte de investigadores, se obtienen respuestas acerca de la identidad del barco: ni siquiera los más viejos pescadores de la zona lo habían visto antes. Resultaba evidente que la excepcional e imprevista aparición estaba determinada por la cantidad de sedimentos de arena de aluvión y piedras que, durante el huracán, la fuerza del mar extrajo de la zona baja de la playa, los depositó en la margen costera y los convirtió en una duna de significativas proporciones, la cual desaparecería pocos meses después tras el influjo de la dinámica estabilizadora del sitio.

El movimiento de los sedimentos había desenterrado y dejado semidescubierta la estructura perfecta de una embarcación que aparecía “cercenada” por la acción del tiempo y del medio extremadamente hostil en el que reposaba. La fuerza de la tormenta había conseguido desvestir, en poco menos de un metro, un pecio ignoto, al que no solo había que identificar y catalogar, sino que por encima de todo había que proteger de la acción de los elementos naturales y antrópicos.

Tras meses de búsqueda ingente, que incluyó trabajos de ubicación geográfica y de marcación, calas de prospección, análisis del patrón de construcción del barco, estudios geofísicos del entorno y de su biodiversidad, labores de fotografía y fotogrametría del sitio arqueológico, y, sobre todo, un profundo análisis histórico de fuentes documentales, tradiciones y leyendas, además de una consulta colaborativa con archivos y especialistas extranjeros, se pudieron acopiar las suficientes evidencias para devolverle al barco fantasma algunos nombres y, más que eso, su lugar en la historia.

En base a las presunciones y teorías a priori de los equipos de especialistas, se logra confirmar y documentar por las fuentes de la época el hecho real y la existencia en el tiempo de un barco denominado “The Scow” (la barcaza), que arribara con los grandes transportes norteamericanos en 1898 en medio de la Guerra Hispano-Cubano-Norteamericana. Al dañársele las máquinas de vapor, el General del V Cuerpo del Ejército de Estados Unidos William Shafter, al frente de las tropas del desembarco, decide ubicarlo en forma tangencial al extremo del terraplén y del muelle flotante, improvisado por la ingeniería norteamericana para facilitar el desembarco de tropas, armamentos y otros medios en la citada playa de Siboney, uno de los puntos de desembarco escogidos por los norteamericanos para realizar su plan de tomar la ciudad de Santiago de Cuba, segunda en importancia en la Isla.

Entonces, “The Scow” es rebautizado por la soldadesca como “Puente de Shafter” y consignado así, incluso, en la papelería del General correspondiente a la Guerra Hispano-Cubana-Norteamericana. Contribuye de ese modo a facilitar un desembarco que no dejó de ser desordenado, con caballos ahogados y pérdida de otras valijas, pese a la poca resistencia de fuerzas españolas y la  falta de apoyo y protección de fuerzas cubanas que sitiaban a la ciudad de Santiago de Cuba. Es también el inicio de una aventura bélica del general norteamericano, quien tuvo el desafío propio de transportar una anatomía personal de más de 300 libras de peso, en un clima especialmente caluroso.

Todo parecía indicar que aquel pecio fantasma guardaba puntos de coincidencia geográfica con la barcaza empleada como pasarela, de la que, además, no se tenían noticias documentadas de que hubiese sobrevivido a la contienda bélica, pues no se le vuelve a mencionar como integrante de la flota estadounidense.

Durante la investigación, se encuentran fotos históricas del sitio durante el famoso desembarco de las fuerzas norteamericanas en 1898, algunas de ellas muy elocuentes: evidenciaban un transporte de las fuerzas estadounidenses (“Rompeolas”) encallado y de pantoque, casi en la misma ubicación del hallazgo.

Uno de los momentos más desconcertantes es cuando, al fechar los restos del pecio, se evidencia que la construcción databa de la primera mitad del siglo XIX, lo que aparentemente contradecía el escenario histórico donde supuestamente había culminado su vida útil el “Puente de Shafter”. Sin embargo, se logran encontrar referencias documentales y gráficas de que la barcaza-pasarela era ya una embarcación con muchos años de construcción y servicio en el momento en que arribara a Siboney.

El estudio de las evidencias arqueológicas, restos del pontón, ruedas de ferrocarril, herrajes de la arboladura del barco, partes de las máquinas y otras muchas increíblemente conservadas, y, finalmente, la aparición de unas fotografías aportadas por Patrick McSherry, editor del Spanish American War Centennial Website, confirman los estudios realizados por los investigadores cubanos. Existía plena coincidencia con la descripción hecha por Shafter en su papelería acerca de la barcaza empleada para el desembarco y el barco fantasma de Siboney: el humilde y útil “Puente de Shafter”, que reaparecía más de un siglo después para ofrecer su propia versión sobre uno de los hechos más trascendentales en la historia de la humanidad: la Guerra Hispano-Cubano-Norteamericana.

Meses después del paso de la tormenta y a causa de la propia dinámica del sitio costero, el pecio vuelve a ser cubierto por los sedimentos del fondo marino, casi en su totalidad, creando una protección natural frente al espolio y las agresiones antrópicas y naturales. Sin embargo, en octubre de 2012 un nuevo fenómeno hidrometeorológico extremo toca tierra en la costa suroriental cubana, a escasas millas de la playa Siboney: el huracán Sandy desplaza las toneladas de sedimentos y descubre nuevamente la estructura del barco, provocando daños importantes a algunos de sus elementos estructurales.

En estos momentos, el proceso natural de sedimentación ha vuelto a otorgar a la madre natura, la bienhechora labor de guarecer con su manto protector lo que la propia naturaleza desviste con su furia desmedida. El barco fantasma de Siboney, cuyo nombre exacto no se ha podido precisar, es un testigo peculiar, pero no el único, de una conflagración vital en el curso de la historia universal.

El 25 de enero de 1898, con la excusa de asegurar los intereses de los estadounidenses en la isla, amenazados por la guerra entre españoles y cubanos, llega a La Habana el acorazado “Maine”, enviado por el gobierno estadounidense en una supuesta visita de cortesía, que sería devuelta por el crucero acorazado español “Vizcaya” a la ciudad de Nueva York. El 15 de febrero, una explosión -que sigue generando investigaciones e hipótesis-ilumina el puerto de La Habana: el “Maine” ha saltado por los aires y con ello se generan las condiciones para que los Estados Unidos se involucren en el conflicto y le declaren la guerra a España, que ya había gastado hasta el último hombre y la última peseta por preservar el dominio de la isla, frente a las ansias independentistas de los cubanos.

Con la declaración de guerra y el bloqueo marítimo de la isla, y ante la solicitud del Capitán General de España en Cuba, el gobierno español ordena a la Escuadra de Operaciones de las Antillas, comandada por el Almirante Pascual Cervera, trasladarse a la isla para contribuir a su defensa. Tras una azarosa travesía, llega el 19 de mayo de 1898 a la bahía de Santiago de Cuba.
Mientras Estados Unidos ordena a su escuadra, comandada por el almirante William Sampson, bloquear la bahía de Santiago de Cuba encerrando en ella a los barcos españoles. Incluso, con el afán de impedir su salida, hunden el 3 de junio el buque carbonero “Merrimac”, operación que fracasa al sumergirse este de manera perpendicular y a un lado, en contraposición a lo deseado, que era justamente en el canal de la rada santiaguera para bloquear su acceso o salida.

El día 2 de julio, el Almirante Cervera recibe la orden de salir de la bahía y presentar batalla, a sabiendas de la desventajosa situación que poseía en cantidad de buques y de armamento, con respecto a la escuadra norteamericana. A las nueve y media de la mañana del domingo 3 de julio sale de Santiago de Cuba la escuadra española por el estrecho canal de la bahía, que impone el paso de sus barcos de uno en uno.

En primer lugar pasa el buque insignia: crucero acorazado “Infanta María Teresa”, seguido en aquel trágico desfile por los cruceros acorazados “Vizcaya”, “Cristóbal Colón” y “Almirante Oquendo”, y a una distancia mayor, por los destructores “Furor” y “Plutón”. En el momento de la salida se encuentran frente a ella, en forma de semicírculo, los acorazados norteamericanos “Brooklyn”, “Texas”, “Iowa”, “Oregon” e “Indiana”, así como los buques auxiliares “Gloucester” y “Vixen”.

El buque insignia, el acorazado “New York”, donde se encuentra el Almirante Sampson, se encuentra algo más alejado, debido a que va a celebrar una reunión con el General William Shafter en Siboney. Cinco minutos más tarde, asoma frente al Castillo del Morro el Teresa, que tan pronto sale y para proteger la huida del resto de la flota, se lanza a toda velocidad contra el primer barco enemigo, aguantando como puede la lluvia de fuego y metralla que le viene de cuatro de los barcos norteamericanos. En pocos instantes, se inician varios incendios a bordo, que se propagan rápidamente debido a la gran cantidad de madera que tiene el buque. Entretanto el “Vizcaya”, seguido del Colón, franquea la salida, y obedeciendo las instrucciones, tratan de escapar a toda costa.

El cuarto barco en salir, el Oquendo, recibe una lluvia de proyectiles incluso antes de aparecer en el escenario del combate, provocando grandes incendios a bordo que le obligan a morir estrellado contra las rocas en la playa Juan González, al igual que el Teresa, muy próximo a la entrada de la bahía. Los barcos “Furor” y “Plutón” apenas quedan al descubierto, son blancos de los buques norteamericanos, que dan rápida cuenta de ellos en una lucha desproporcionada. El “Plutón” queda prácticamente partido en dos al recibir un proyectil en cubierta, pudiendo embarrancar en la costa y salvándose la escasa tripulación superviviente. El “Furor” tiene un fin más trágico, al hundirse en aguas profundas a una milla de la costa.

Quedan solos el Colón y el “Vizcaya” en franca huida ante el núcleo de la escuadra norteamericana. El lento andar de este último le hace perder terreno, y a las once y diez de la mañana, convertido en un horno de fuego y muerte, embarranca en Aserradero. La situación del Colón es bien comprometida, pese a ser el barco de guerra más rápido de la época. Los barcos norteamericanos están recuperando el terreno perdido, dado que se ha agotado el carbón de alta calidad y se ven necesitados de utilizar el que habían obtenido en Santiago, de menor calidad. El “Oregon” le pisa los talones, y tras él, acuden el “Brooklyn”, el “Texas” y el “New York”.

Alcanzado por los buques estadounidenses e impotente para seguir combatiendo, por no disponer de sus cañones de largo alcance ni de proa, ni de popa, que nunca fueron instalados, su comandante, Emilio Díaz y Moreu da la orden de enrumbar hacia Playa La Mula, y abrir las válvulas de fondo con objeto de asegurar la pérdida completa del barco y evitar la entrega al enemigo del último buque de la escuadra española.

Todo esto ocurre a la una y cuarto de la tarde. En cuatro horas se pierden veintinueve mil toneladas en buques, más de ciento doce cañones, y se producen trescientos veintitrés muertos, y ciento cincuenta y un heridos. El hundimiento del “Cristóbal Colón” marca el fin del imperio español, el nacimiento del imperio estadounidense y un cambio de época.
El área de la franja costera de la zona suroriental de la provincia de Santiago de Cuba fue escenario de uno de los acontecimientos navales más transcendentales de la historia de Cuba y del mundo. La cruenta y desigual batalla naval, que culminó con el hundimiento de la flota del Vicealmirante Pascual Cervera y Topete, puso fin al dominio colonial español en América y con este, el surgimiento del imperio más poderoso en la historia de la humanidad, los Estados Unidos de América. Paradójicamente, la Guerra Hispano Cubano- Norteamericana culmina con la pérdida del Crucero Acorazado “Cristóbal Colón”, el mismo nombre con el que comenzó una controvertida historia de más de quinientos años, que ha dado lugar a la América que hoy conocemos.

Los vestigios de aquella cruzada naval conforman lo que hoy conocemos como el Parque Arqueológico Subacuático “Batalla Naval de 1898. Está conformado por seis sitios arqueológicos, donde yacen los pecios vinculados al desembarco y el conflicto naval, así como por todas aquellas evidencias materiales pertenecientes a los buques, o que guardan relación de una forma u otra con los hechos, como por ejemplo: mástiles, masteletes, restos de las jarcias de las arboladuras, herrajes, partes de los emplazamientos y la artillería, entre ella proyectiles de grueso y mediano calibre; otros elementos como fluserías, balaustres y mecanismos del sistema de propulsión. Por las características propias del entorno donde se encuentran estos pecios, así como por la naturaleza de los hechos históricos que produjeron su hundimiento, es común que las piezas arqueológicas se encuentren diseminadas en un radio que puede variar, desde escasos metros hasta un kilómetro, en los perímetros del pecio.

Las playas Juan González, Bueycabón, Rancho Cruz, Mar Verde, La Mula -en Ocujal del Turquino-y la propia rada santiaguera, constituyen sitios arqueológicos en los que yacen con diferentes grados de conservación y colapsados por el tiempo y la historia, los restos de lo que fuera la temida Escuadra de Operaciones de las Antillas: los cruceros acorazados “Cristóbal Colón”, “Almirante Oquendo” y “Vizcaya”; los destructores “Furor” y “Plutón”; y el norteamericano “Merrimac”. Ellos han conquistado el protagonismo de una historia a la que le ha nacido un nuevo testigo excepcional: el “Barco Fantasma de Siboney”.

A diferencia de los otros, él fue parte de un drama que tuvo su epicentro en tierra: sobre él desembarcaron cuantiosas tropas que participarían en la toma de Santiago de Cuba, en encarnizados combates contra un aguerrido ejército español, que ahora se enfrentaba a los cubanos y a los norteamericanos, estos últimos sin la preparación adecuada, con un uniforme nada apropiado para el intenso calor del oriente cubano, con pólvora negra que delataba sus posiciones, expuestos a enfermedades que diezmaban sus tropas, y con los conflictos raciales, ideológicos y culturales de una joven nación que intentaba irrumpir en los destinos del mundo, estrenándose como un nuevo imperio.
Todos estos pecios son testigos extraordinarios de acontecimientos que cambiaron el escenario geopolítico internacional de finales del siglo XIX, y son una invitación a descifrar el lenguaje del tesoro del patrimonio cultural y natural subacuático, como una ventana a la historia universal.